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La erupción del Vesubio

Pompeya y Herculano: qué ocurrió realmente durante la erupción del Vesubio

Hablar de la historia de Pompeya y Herculano es entrar en un territorio donde la tragedia y la arqueología se unen de una manera única en el mundo. No se trata solo de dos ciudades sepultadas por un volcán, es la fotografía de dos comunidades romanas con ritmos, costumbres, jerarquías y paisajes, que quedaron congeladas en el tiempo por un fenómeno natural de una violencia nunca vista.

La bahía de Nápoles antes del desastre

Posiblemente, no hay otro lugar en el mundo que nos haga viajar al pasado como lo hacen Pompeya y Herculano. Recorrer sus calles es un paseo que transcurre entre la belleza de caminar por una auténtica villa romana anclada en el pasado y el escalofrío de la tragedia que sus habitantes tuvieron que sufrir.

Para entender la historia de Pompeya y Herculano, primero conviene imaginar el escenario. La bahía de Nápoles era un mosaico de puertos, villas, huertos y pequeñas ciudades conectadas por rutas comerciales y caminos romanos. El Vesubio, visto desde abajo, no se percibía como una amenaza: era parte del paisaje, fértil y dominante, pero integrado en la vida cotidiana.

La historia de Pompeya y Herculano

Pompeya, ciudad de comercio y vida pública

Pompeya no era un rincón aislado. Era una ciudad activa, con foro, templos, termas, tabernas, talleres y un tráfico constante de mercancías. El urbanismo romano aquí se aprecia como un manual a cielo abierto: calles trazadas, fuentes, espacios cívicos, teatros… y esa mezcla tan humana de lo monumental con lo doméstico.

Herculano, más pequeña, más refinada y pegada al mar

Herculano (Herculaneum) era menor en tamaño, pero con un perfil social y urbano distinto: más residencial, con casas que muestran un grado notable de confort y decoración. Su relación con el mar era crucial: la costa, los almacenes portuarios y el tránsito de bienes formaban parte de su identidad. Y esta cercanía al litoral tendrá un papel decisivo cuando llega el momento de huir…

El día que el cielo cambió de color

La erupción que destruyó Pompeya y Herculano se suele describir como “pliniana”, en referencia a los relatos de Plinio el Joven, el gran testigo literario de esta catástrofe. Pero más allá del nombre, lo importante es comprender la secuencia: no fue una única explosión, sino una sucesión de fases con efectos diferentes según la distancia, el viento y la topografía.

En términos sencillos, el Vesubio expulsó una columna gigantesca de gases, ceniza y fragmentos volcánicos (piedra pómez, lapilli), que comenzó a caer como una lluvia cada vez más densa. Después, y esto es lo que cambió la historia de Pompeya y Herculano y el destino de miles de personas, llegaron los flujos y oleadas piroclásticas: nubes de gases y partículas abrasadoras que descienden con rapidez y arrasan todo por donde pasan.

La erupción también “cambió” la altura del Vesubio

Para tomar conciencia de la escala de la explosión, conviene recordar que el Vesubio no tenía la silueta que vemos hoy. Antes del 79 d. C., se suele describir como un monte más alto y cónico: hay estimaciones que lo sitúan entre 2.500 y 3.000 metros y la erupción fue tan violenta que destruyó y colapsó la cima, reduciendo drásticamente la altura del volcán.

Ese derrumbe es el origen del conjunto Somma-Vesubio: el Monte Somma es el borde remanente de la antigua estructura que quedó como una “corona” alrededor, y el cono actual del Vesubio se fue formando dentro de esa gran depresión (caldera). Hoy, el Vesubio alcanza aproximadamente 1.281 metros, mientras que el Monte Somma ronda los 1.132 metros.

Pompeya: el peso de la ceniza y la piedra pómez

Si en la historia popular Pompeya aparece como la “ciudad congelada”, la realidad es más compleja y, si cabe, más sobrecogedora. Durante horas, la ciudad fue recibiendo una lluvia de material volcánico que se acumulaba en calles, patios y tejados. Esa acumulación no solo dificultaba respirar o ver: era un problema estructural.

La piedra pómez y la ceniza, acumuladas sin descanso, terminaron por colapsar cubiertas y pisos superiores en muchos edificios. Algunas personas huyeron relativamente pronto; otras intentaron resistir dentro, quizá pensando que el peor enemigo era el exterior. Y, sin embargo, con cada hora que pasaba, quedarse implicaba un riesgo mayor: techos que cedían, accesos bloqueados, oscuridad, confusión y una atmósfera irrespirable.

Pompeya también recibió, más tarde, el impacto de las oleadas piroclásticas que terminaron por sellar el destino de quienes aún permanecían allí. En otras palabras, primero fue el derrumbe del mundo que conocían bajo la piedra, pero después llegó una ola térmica y gaseosa que no dejó margen de supervivencia.

Los moldes: un método arqueológico que nos enfrenta a lo humano

Cuando hoy vemos los famosos moldes de Pompeya, no estamos viendo “esculturas” ni, como algunas personas suelen creer, están los cuerpos dentro. Lo que estamos viendo son espacios vacíos que la ceniza endurecida conservó y que, siglos después, la arqueología pudo rellenar. Es una técnica que cambió para siempre la manera de leer el yacimiento.

Esta parte de la historia de Pompeya y Herculano es clave: Pompeya no solo se preservó por estar enterrada, sino por cómo se enterró. La ceniza, al consolidarse, conservó el contorno de los cuerpos al descomponerse.

Herculano: la violencia invisible del calor

Herculano vivió una tragedia distinta. Durante la fase inicial, el patrón de caída de material volcánico no la castigó del mismo modo que a Pompeya. Eso pudo dar una sensación peligrosa: “aquí no está pasando lo peor”. Pero el gran giro llegó con las oleadas piroclásticas.

Los fornici frente al mar y el último intento de escapar

Uno de los lugares más impactantes de Herculano son los fornici, estructuras abovedadas junto al litoral que funcionaban como espacios vinculados a la actividad portuaria. Allí se hallaron centenares de esqueletos: personas que, probablemente, habían reunido lo que pudieron y corrieron hacia el mar esperando una evacuación.

La evidencia arqueológica sugiere que el calor extremo y los gases hicieron que el desenlace fuera fulminante para muchos. Esa diferencia explica por qué en Herculano, en vez de moldes, encontramos sobre todo restos óseos: el fenómeno térmico fue más intenso.

Cómo visitar hoy Pompeya y Herculano con sentido

Visitar estos lugares no es ver ruinas, es entrar en la historia de Pompeya y Herculano y precisamente por eso, conviene hacerlo de forma que tu experiencia se vea enriquecida con explicaciones precisas y amenas.

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